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10
MAR
2016
Otra Historia interminable
Cada

 

 

Cuando volvíamos del que iba a ser nuestro último viaje, por fin conseguí hacerte hablar. Tu mirada era distinta; mezcla preocupado, mezcla no querer llegar. Alcanzar la meta era rozar el final. Me bajé y te supo a derrota.
 
Nunca lo entendiste. No sabías qué era lo que te estaba pidiendo. Al principio yo tampoco estaba muy segura. Quería que cambiaras, pero no ser yo quien te hiciera cambiar. Era una incongruencia y un imposible.
 
Subí la escalera agotada y muerta de calor. Lo último en lo que pensaba era en alejarte. Racionalmente suponía la lógica. Una historia de libro. Lo que le hubiera recomendado a mi mejor amiga. Detenerlo cuanto antes.
 
Pero quise conferirle un final de amigos y te pedí que no pensaras que estaba cansada. No eras tú quien me apartaba. Era yo; mi maldito pragmatismo que había medido todos los ángulos. La conciencia de lo que no encaja. La experiencia previa de sufrir demasiado; de cortar a tiempo lo que sería inevitable.
 
Y mientras me preguntaba cuándo llegaría mi turno de felicidad, tú respondías que entendías mi cansancio. Pero no lograbas comprender cuánto me había enamorado...
 
Esperaba otra respuesta cuando, por fin, abriste la mano. Me tumbé sobre la cama y respiré hondo. ¿Nada? ¡Todo había cambiado!
 
Recordé los últimos kilómetros en el coche, cuando te acusé de estarme utilizando, de no saltarte el guión jamás, de crear la sensación de no interesarte tanto, de evadirte, de vivir acomodado sin importarte lo que sintiera, de no regalarme nada de tu ocio, de no querer hablar, de no intentar arreglarlo. Querías argumentar en contra, pero se te ahogaban las palabras. Decidiste dejarlo.
 
Lo pasábamos tan bien juntos… Habíamos congeniado.
 
Me mareé al leer tus palabras y, al reconocerlo, quisiste confirmarlo.
 
Continuar seguía sin ser una buena idea. Tú no querías perderme y yo, no quería afrontarlo. Para nuestra historia no existiría un bonito final. Insistías en creer que, eternamente, podríamos prolongarlo. Imposible con mi frustración, con tus dudas, con el vacío del tiempo. Era caminar sobre polvo y a ti también te hacía daño. Cualquier persona habría dado carpetazo.
 
No teníamos la solución. Al contrario que en la mayor parte de los casos, conocíamos todas las preguntas, pero ni siquiera podíamos ansiar las respuestas.
 
Cualquier mujer hubiera deseado oír el timbre en ese instante. Abrir la puerta y premiar con un beso. Pero hasta para mí sonaba rancio. Me sentí como un perrillo que espera a su dueño en la ventana. Pero tú nunca volverías. Entonces lo entendí. El amor es el sentimiento en sí. No va de lo que quiero de tí, ni de lo que quieres tú de mí. Va de quererte a ti y quererme a mí sin más. Sin pedir nada, sin esperar nada. Sin volver a hacernos preguntas sin respuestas. Una mujer enamorada se cuestiona, pero vivir ciega de amor es lo que la corresponde.
 
Pasé por todas las fases en tan sólo unos minutos. Dejarte, olvidarte, anhelarte, no querer apartarte y, finalmente, decidir vivir por lo único que tuviera delante. No fustigarme más por lo que me gustaría que fuese. Aceptarte como eres. Agradecerte lo que das y corresponderte en su justa medida, con la misma cantidad e intensidad.
 
Yo ya sé cuánto cuesta querer. Pero no estoy dispuesta a renunciar a mi forma de ser. Si entrego, lo hago con pasión.
 
 
 
 
Traje a mi memoria la primera vez, cuando te preguntabas cómo podía ser capaz de mantenerme fría. Entonces pensé que tenías demasiadas pretensiones para lo que significabas. Pero tuviste la paciencia de llevarme a tu terreno y ganarme poquito a poco.
 
Hoy estamos solos.
 
El amor no es imposible, pero creí que no era para mí.
 
Otra vez me equivocaba. Porque no se trataba de darle el formato perfecto para encajar en una vida perfecta. Una vida que ya había tenido y desechado. Debía de entender que esto era lo que había hoy; aquí y ahora. Y que por qué iba a rechazarlo. Por qué me lamentaba de lo que no era capaz de mantener en lugar de disfrutar lo que sí podía poseer.
 
Te iba a echar de menos cada minuto que no estuvieras. Pero eso era parte de vivir esta historia interminable. Parte de su intensidad. Parte de su sabor dulce y amago.
 
Me sentí como la protagonista de un cuento de hadas, aunque a ésta nadie la iba a entender jamás.
Vino a mi mente la frase de un ser querido días atrás: “Disfruta de la vida. Disfruta del paseo”.
 
¿Qué me estoy reprochando a mi misma? Después de tantos errores, ¿cómo iba a aprender a apreciar la vida sin vivirla? Intentando siempre colocar las cosas en hilera sobre una línea recta en la que todo es políticamente correcto pero está vacío de sentido.
 
Ya no es egoísta no continuar pensando. Ya no tiene razón de ser permanecer justificando. Porque la vida sólo es un paseo y tengo que aprender a deleitarme en su tránsito.
 
Así pues, serás como un fantasma que no existe, que nadie ha visto, que de mi cama vuela y en mis noches de llanto, en mis lunas a secas, en esas que tenga que llenar tu hueco y suplir tu ausencia, entre los largos vanos del tiempo y las escasas horas que nos quedan, atesoraré cada minuto pasado contigo con el buen sabor que dejaste en mi boca; para no mantener la esperanza de tu vuelta consintiendo que, ésta, es nuestra historia…
 

CADA.

 

Fuente: http://gente-educada.blogspot.com.es

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