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23
MAR
2016
La caída del gigante
Edu

 

Queridos amigos, en esta serie dedicada a los pecados y las pasiones llegamos al tema del orgullo. Cada nos dejaba la semana pasada sus impresiones sobre el tema y ya mostraba que este tema del orgullo puede entenderse de muchas maneras. En nuestra cultura, judeocristiana para más señas, la soberbia es la mismísima responsable de que Lucifer pasara de ángel a demonio, así que imaginaros la importancia del tema para la teología y la mala prensa que tiene nuestra amiga soberbia. ¿Y desde el punto de vista psicológico?
 
Lo primero es recordar algo que ya comenté hace un par de entradas, ningún error es mayor que otro, todos son errores que nos indican hacia donde tenemos que orientar nuestros esfuerzos de desarrollo, nada más. Dicho ésto hay que aclarar que desde el punto de vista psicológico una cosa es percibir el mundo desde la soberbia y otra percibirlo desde el amor a uno mismo, que como tal, es muy sano y desde luego nada soberbio.
 
Si hay algo que define al soberbio es sobre todo su deseo de amor y todo lo demás es sólo fachada, un intento de llenar ese enorme vacío. Así que como la soberbia está tan mal vista, querido soberbio no te aflijas, no eres peor que nadie, sólo que te sientes tremendamente falto de amor.
 
La soberbia, como sus amigas la vanidad y la envidia, busca fuera lo que está dentro o mejor dicho, confunde la apariencia con la realidad, así que no le queda más remedio que tratar de mantener una imagen que dista mucho de ser la auténtica expresión de sí mismos. Al menos, nos vamos a encontrar con personas amables, dulces y cálidas. Si bien en ocasiones conviene no dejarse engañar, esta calidez es más un cebo que una verdadera expresión de afecto.
 
Para entender la soberbia hay que comprender que la persona lleva en sí un hondo sufrimiento y es este sufrimiento el que trata de evitar. ¿Acaso no es lo mismo que nos pasa a todos? Un poquito de empatía no nos vendrá mal para entender a esta “rosa” del Principito, que vuelca todas sus energías en ser el centro de atención porque tiene una profunda necesidad de sentirse amada.
 
Casi siempre el orgullo manifestará que es más de lo que realmente es, porque su experiencia es la de una frustración constante en el amor. A lo largo de mi vida me he encontrado con algunas personas que hartas de sufrir, deciden que el amor no es para ellas. Este podría ser un indicativo de ese orgullo que como un león hambriento en el centro del pecho, hace sentir a la persona que es imposible que con toda su valía la gente no comprenda lo buena que es.
 
Y para demostrar que soy maravillosa, preciosa, digna de amor y de todos los honores, lo voy a manifestar de todas las formas posibles. Seré sexualmente activo, seductor, coqueto, perfecto en mi imagen. Pero ojo, si no me das lo que quiero, si no me complaces y me tratas como si fuera la persona más importante del Universo, atente a las consecuencias porque me voy a enfadar...y mucho. Es fácil darse cuenta de que cuando alguien se siente tan especial, le duela profundamente que se le considere uno más, se acabó la alegría y la fiesta.
 
 
Aquí está precisamente la clave para la relación de los soberbios consigo mismos y con el mundo y es un aprendizaje que nos viene bien a todos, cada uno en nuestra medida. No hay nadie que sea más importante que otro, porque al fin y al cabo todos somos igual de importantes. Puede que uno tenga un trabajo con más éxito social, o que genere más ingresos económicos o más guapo, según los cánones de belleza existentes o más dotado para alguna faceta concreta de la vida. Pero estas diferencias no nos separan sino que nos ayudan, gracias a la cooperación, a formar un proyecto común, más grandioso de lo que cualquiera de nosotros, individualmente, podríamos llegar a conseguir.
 
El objetivo casi siempre es el mismo: recordar que todos tenemos algo único e intransferible, una tarea que nadie mejor que nosotros puede hacer. Así que no hay que vender ninguna imagen, porque esto, al fin y al cabo, sólo lleva a una continua experiencia de fracaso y frustración. Si constantemente estamos esperando de los demás lo que no pueden darnos, la vida se convierte en algo muy doloroso.
 
Algo que también define al sujeto orgulloso es que no necesita nunca nada. Yo suelo desconfiar, en sentido terapéutico, de quien me dice que no necesita nada, porque al fin y al cabo, todos necesitamos algo, puesto que no somos independientes. Así que si sientes que no necesitas, es porque has reprimido esas necesidades y mucho peor que no tener, es no saber lo que no se tiene.
 
Ya dijo Sócrates el famoso sólo sé que no sé nada. Como vemos, esta frase es la antítesis del orgullo, pero es la antítesis porque una persona segura de sí misma, que se ama y se respeta, también es una persona que conoce perfectamente lo que le falta y no tiene ningún problema en pedirlo.Nuestro amigo o amiga orgullosa, en cambio, sólo sabe que le falta algo y como no se atreve a aceptarlo, no puede hacer otra cosa que ir de flor en flor, conquistando a todos los zánganos que se cruzan por su camino, en un vano intento de encontrar aquello que ni siquiera sabe que está buscando.
 
Si te has sentido identificado de alguna manera en la descripción anterior,lo primero que tengo que decirte es que entiendo perfectamente tu sufrimiento. Entiendo el vacío que te roe las entrañas y por eso también entiendo toda la gama de estrategias que pones en marcha para llenarlo. No voy a juzgarte por tu comportamiento, porque muchas veces, no elegimos lo que hacemos. Date la oportunidad de encontrar eso que, sinceramente, sabes hacer. Habrá personas a las que no les guste y está bien pero también habrá personas a las que les guste, mucho. Y sentirás que el verdadero afecto ni si compra ni se finge. El verdadero amor sólo llega cuando nos atrevemos a ser la verdadera expresión de nosotros mismos.
 
Todos somos especiales, únicos, maravillosos. No hay que ganárselo, es un derecho. El único precio que hay que pagar es sacar toda esa gama de potencialidades al mundo, a riesgo de que no a todo el mundo tiene por qué gustarle el fruto de lo que somos.
 
Atrevámonos a ser, sencillamente y poco a poco iremos encontrando las condiciones necesarias para que nuestros verdaderos talentos se manifiesten en todo su sincero y exquisito espendor. Eso y un poquito de “pulsatilla” (homeopática) tampoco nos viene mal.
 
Feliz quincena. Os quiero
EDU
 
22
MAR
2016
Siete a tres - LA SOBERBIA
Cada

 

La soberbia es la Altivez y apetito desordenado de ser preferido a  otros (Real Academia Española).
 
La soberbia es un pecado que me causa contradicción. Siguiendo la definición… “de ser preferido a otros”… suena hasta lógico. Cuántas veces nos hemos dicho que para querer a los demás debemos empezar por uno mismo?
 
Grandioso y magnífico son sinónimos de soberbia. Sin embargo, la palabra “soberbia” nos patina en el oído. La asimilamos a “orgullo”, pero a un orgullo malo, podrido. No al orgullo de sentirse bien por haber hecho algo grande...
 
Cuál es la diferencia? Tan mala es la soberbia?
 
Heredé de mi abuela una frase que me ha acompañado desde mi adolescencia y que, durante mi vida adulta, en las aventuras y desventuras que me ha tocado vivir, he acuñado como oro en paño. Ella solía decir que la humildad no sirve para nada. Y por soberbio que esto pueda parecer siempre le encontré una lógica indiscutible, como si abrirse paso en el mundo de los negocios y en la propia vida tuviese que teñirse de la pizca justa de soberbia que se traduce en el amor propio suficiente para tener la fortaleza necesaria que, primero te hace levantarte cada día, segundo te lleva a sonreír creyendo que lo que tienes no es malo y, tercero, te pone ante el reto de poder con todo. Un día sabes que te levantarás y podrás mirar a tu legado diciéndote lo bien que lo has hecho; a pesar de la cantidad de maleza que tuviste que eliminar, lo lograste. Y ésta es la verdadera soberbia en la que muchos vivimos sumidos.
 
Para ser soberbio con los demás primero hay que serlo con uno mismo. Te lo tienes que creer, porque de lo contrario no funciona. Te tienes que mirar al espejo diciéndote “qué bueno soy”. Para salir a la calle pisando fuerte es necesario tener muy claras las propias fortalezas y minimizar las debilidades.
 
Cuando ya se han salvado todas las inseguridades sólo queda soberbia.
 
A partir de ese instante, hay que vivir. Y vivir no implica el mero hecho de dejarse llevar. Has salido a la calle con la cabeza bien alta, así que vas a romper la pana. Vas a tomar decisiones estando muy seguro de lo que haces. Pero la vida es como un gobierno. Hagas lo que hagas no todo el mundo está de acuerdo y, sin embargo, tienes que seguir adelante.
 
 
 
 
A veces darás un traspiés y sentirás que el proyecto te viene grande, pero eres demasiado soberbio para reconocerlo. Lo mejor en estos casos es aferrarse al sentido de pertenencia.
 
El sentido de pertenencia es ese que si no se tiene te dice que estás sobrando, que toca cambiar de sitio, de gente… Bueno, ese que si no se tiene, en realidad, no puede decirte nada…
 
Lo que sucede es que no has tenido una vida fácil. Para un soberbio la tarea no es sencilla porque mantenerse en el candelero constantemente es arduo y agotador. No puedes tomarte un respiro o te estarías siendo infiel a ti mismo. Infiel con tu propia creencia de lo bien que lo haces todo y de lo importante que eres para tu desafío personal.
 
Es lógico suponer que los efectos negativos del duro pasado tarden en desaparecer.
 
Sigues viviendo deseando que llegue el momento en el que los que te hicieron sufrir se quiten el sombrero.
 
Yo también me pregunto por qué vivimos más por el cuándo y el cuánto que por el qué y el cómo. Yo también me pregunto por qué. La pregunta siempre es por qué…
 
Pero igual que tú, querido soberbio, alardeo de mi propia soberbia. Y creo en mí. Me doy tanta fe ciega a mi misma que entiendo la mentira de los otros como la protección de sus propias creencias. Todos mentimos porque todos tenemos algo que ocultar.
 
La soberbia no puede ser un pecado. Ser soberbio no te hace menos bondadoso. Ser soberbio no te vuelve injusto. Aunque, en cualquier caso, da lo mismo. La bondad y la justicia no tienen nada que ver la una con la otra. Y la soberbia comienza a ser esa agotadora tontería que haces cada día.
 
Reconozco, igual que tú, mi soberbia. La soberbia desde el punto de vista de la creencia en mí. Pero qué voy a decir yo… La persona que hizo de su capa un sayo y del sayo la bandera que exhibir. La que miró a los demás para recordarles que cada uno de nosotros está exactamente donde ha elegido estar. Pero qué voy a decir yo…
 
Siempre fui más de embrague que de freno…
 

CADA.

 

Fuente: gente-educada.blogspot.com.es

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