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09
MAR
2016
Consejos para que todos seamos felices
Edu

 

¿Cuántas veces nos sorprendemos o enfadamos con las circunstancias que nos rodean? ¿De dónde viene ese enfado que en muchas ocasiones nos hace dar puñetazos en la mesa y nos amarga hasta el más dulce de los desayunos? De la falta de sentido, de la falta de encontrar un punto de anclaje que nos muestre que aunque no lo entendamos, lo que nos está sucediendo es lo mejor para nosotros o incluso, es justo lo que necesitamos para generar las mejores circunstancias de nuestra vida.
 
Al comienzo del campeonato mundial de fútbol, que ya anda por sus últimos coletazos, los comentaristas decían que volviéramos a hacer lo mismo que hace cuatro años, estar con las mismas personas, en los mismos lugares...A mí sinceramente me daba la risa, porque mi vida tiene tan poco que ver con la de hace cuatro años que casi me sentí culpable de que el resultado final se haya parecido tan poco a aquel julio en el que España se proclamó campeona.
 
Este hecho me dio por pensar en el valor de las circunstancias que nos rodean. Y después de algunos sucesos que han ido acaeciendo en mi vida durante el último mes, no puedo menos que volver a recordarme a mí mismo, y de paso a todos vosotros, que el paso por esta vida es un continuo de momentos en los que hay que decidir si quiero seguir en la infelicidad o si quiero ser feliz sin condiciones.
 
Sé que es un tema antiguo y también entiendo que muchos de mis conocidos están atravesando momentos tan duros que parece imposible ser feliz en esas circunstancias, sobre todo aquellas que tienen que ver con la pérdida. Pero las circunstancias no son las responsables de nuestros estados de ánimo. Ya sabéis que para mí, el trabajo terapéutico es una especie de termómetro de mi propio inconsciente y me da la sensación, a juzgar por las últimas visitas que he tenido en la consulta, que este es un trabajo que tengo que seguir realizando: decidirme sin condiciones a ser feliz de una vez por todas.
 
Claro que una cosa es pensarlo y otra vivir en toda su magnitud esa decisión.Para ser feliz hay que empezar por desear la felicidad de los seres que conviven contigo y los seres que conviven contigo son tantos tropecientos millones que hay que poner un cuidado especial para no desear el mal a nadie. Sobre todo cuando esos “otros” se empeñan en sacar lo peor de ti a través de conductas y situaciones que hubiéramos preferido no tener que vivir.
 
Desear la felicidad al que está enfrente es algo ciertamente fácil cuando el de enfrente nos demuestra su amor, comprensión y amabilidad. Pero a la hora de enfrentarnos a los problemas la cosa se tuerce un poquito más. Es mucho más fácil culpar al otro de ser un tal o un cual, que de revisar qué aspectos de mí son los que hacen que el otro se comporte de tal o cual manera.
 
En estos días me he dado cuenta de una cosa que creo que es importante, aunque aún no esté seguro de para qué: la intención propia no siempre se corresponde con las emociones ajenas, es decir, que yo puedo hacer algo con una determinada intención y sin embargo, el otro considera que lo hago con una muy distinta. Pero mi intención, que es la que verdaderamente importa, no debería estar regida por las emociones de los demás. Esta conclusión es importante, porque estar en el centro de mi propia vida también es tener la mejor intención aunque el otro no lo entienda y esto es algo que no siempre he tenido tan claro en mi vida.
 
 
 
Muchas veces actuamos para agradar, para dar una imagen, para que otro se sienta bien y nos olvidamos de la intención que ponemos en nuestros actos porque el otro no se siente o no reacciona como esperábamos. Cuando esto sucede, habitualmente nos enfadamos y tratamos de mantenernos en nuestro sitio. Yo os propongo una especie de locura colectiva. Si mi intención no ha tenido el efecto esperado, probablemente es que no he reconocido la intención verdadera de mis acciones. Así que antes de enfadarme voy a hacer un ejercicio de sinceridad absoluta conmigo mismo a ver qué es lo que quería conseguir realmente, donde tenía puesta, de verdad, mi intención.
 
Y una vez descubierto esto, voy a poner la intención realmente en la felicidad del otro, en hacer que su encuentro conmigo, sea estable o absolutamente esporádico, haga crecer la felicidad en su vida. Sin dejarme llevar por otro tipo de pensamientos y aunque parezca algo forzado en un principio. ¿Qué es lo mejor para ti ahora? ¿Qué hay en mí que pueda ayudarte en ese sentido? Si el encuentro se ha producido no es casualidad, hay algo en ti que puedes aportar para que la situación sea más feliz, para que en tu vida y en la de los otros que comparten tus circunstancias, haya un poco más de sentido.
 
Ese poner la intención en la felicidad del otro no significa a costa de la mía, ya sabéis que soy enemigo de los martirios, entre otras cosas porque los mártires, emocionalmente hablando, no suelen desear la felicidad de nadie, sino el sufrimiento para todos, incluídos ellos mismos. No, la intención de felicidad ajena, cuando es genuina, supone la manifestación de la mejor versión de mí mismo y eso, indefectiblemente, conduce a la felicidad propia. Si para hacer feliz a otro, me tengo que traicionar o ser algo que no quiero ser, es que la intención no está bien puesta. Si para hacer feliz a otro siento que tengo que dejar de ser realmente yo es que se están aprovechando de mí.
 
Es cierto que la línea entre la felicidad y la estupidez es muy delgada, tanto que a veces se confunden, pero aquí no existen consejos, el único secreto consiste en ir probando y a ver qué pasa, a ver qué sucede en ti. Alguno refutará que ya se cansó de hacer el tonto y que por lo tanto ahora “va a su bola”. Si es tu caso, no te culpo. Pero mi propuesta es algo distinta. ¿Por qué no empezamos a considerar que quizá mi intención no era tan limpia como parecía? Vivamos el desprendimiento de los resultados. Quiero ser amable contigo porque sí, quiero ser divertido contigo porque sí, quiero ser simpático contigo porque sí, quiero ayudarte en esta tarea simplemente porque a mí se me da bien, quiero acompañarte en tu camino porque sí, en definitiva quiero ser yo en toda la amplitud del término.
 
Qué pena que consideremos que somos seres insignificantes, el día que dejemos las mamarrachadas y las pequeñeces a un lado, el día que nos dediquemos realmente a decidir ser quienes somos para hacer más feliz, porque sí, a todos los que nos rodean, descubriremos que hemos llegado realmente al paraíso. Ese día, desaparecerán las bombas. Estoy seguro que en Gaza nos agradecerán que lo intentemos, porque hoy puede ser ese día.
 
Ojalá esta lectura os ayude a poner un poquito más de intención de felicidad en vuestra vida.
Os quiero
 
EDU
 

PD.- Dedicado a J, que lleva un año enseñándome que la felicidad pasa por la verdadera intención. Millones de gracias.

 

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